Dr. Pedro Enrique Padilla Hurtado: El médico

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Preámbulo

En nuestro tránsito por los caminos de la cuneiforme local siempre ha estado presente la obligatoriedad de realzar la memoria de los hijos buenos de nuestro pueblo, como forma de valorizar y enaltecer nuestro gentilicio, y así diseminar en los campos generacionales el orgullo por la simiente identificatoria, esto por tener en cuenta que nuestra genética histórica nos asoma al balcón de los tiempos como una mixtura de razas, resultando una adámica religada y moldeada con la greda arenisca alto apureña, bautizada por las liosas aguas del Sarare, una raza con enjundias centenarias que ha demostrado ante la protervia de la dificultad la característica principal del ave fénix, renaciendo de sus cenizas y encumbrándose a las alturas de lo posible; esa es la razón de nuestro quijotesco empeño, por ello parte de nuestra avidez la direccionamos a la recuperación progènica de nuestros hombres y mujeres que de una forma u otra han enaltecido con hechos palpables la guasdualiteñidad, y en esto son tantos los merecedores de que sean honradas sus memorias estando ausentes, y de tantos más que en vida cosechan los méritos, que con total decisión haremos lo posible antes de que la zafia estigal procure borrar en su razia nuestro interés de aportar desde la trinchera histórico cultural al terruño. En este sentido, en los párrafos siguientes se presenta un conciso y ajustado compendio sobre la vida de Pedro Padilla Hurtado, un digno hijo de Guasdualito que cabalgó glaucas extensidades llevando del llano a las montañas andinas la esencia y bonhomía del llanero guasdualiteño.

Resumen de Vida

Nace el doctor Pedro Enrique Padilla Hurtado en el entonces villorrio de Guasdualito, población al sur occidente del estado Apure, enclavada en los hilvanes del lioso Sarare, el 13-09-1921, siendo el primogénito del casorio entre Francisco Miguel Padilla Zapata y Carmen Cecilia Hurtado. Como todo mozo llanero su formación en las labores del campo se inicia desde muy temprano, siendo lechero madrugaba en su contemporáneo burro Mano Mío para traer desde la receptoría El Tambo las cántaras del producto làcteo que se venderían en el poblado a precio módico, una vez realizado el comedido su rumbo era la escuela unitaria dirigida por Inesita de Pérez para recibir las primeras nociones. Años aquellos de entrañable amistad con el poeta José Grieco Laporta, éste en una de sus reminiscencias lo rememora:

“Me recuerdo cuando mi hermano mayor Pedro Enrique agarraba un par de hachas y me decía Bose, vamos a tumbar un par de árboles secos al potrero porque falta leña, y después de terminada la faena le mostraba yo con orgullo las ampollas de las manos, y el muérgano me decía: eso es lo que hace a los hombres, musiú”.

«Cuando había algún animal extraviado, me decía Pedro Enrique: Bose te mandé a ensillar un mocho para que me acompañes al “Urero” pues allá apareció la vaca perdida y ahí salíamos los dos, pasábamos por el potrero de Sandalio Hurtado, por el estero y palante hasta llegar al sitio.»

A los 12 años es llevado por su padre a San Cristóbal (Tachira). En la ciudad de La Cordialidad aprueba el tercer grado, termina la primaria en la escuela de los Hermanos Dominicos, y el bachillerato en la capital del país. Finalizada su educación media es enviado a Bogotá (Colombia) a procurar estudios en la ciencia hipocrática, culminándola exitosamente el 20 de Julio de 1953 en la gloriosa Universidad de Los Andes (ULA) en el rectorado de la ciudad de Mérida, alcanzando el título de médico cirujano.

Regresa a su pueblo por poco tiempo para luego radicarse en la localidad de Rubio, en donde ejerció la profesión médica por el resto de su vida. En la ciudad Pontalida entra en estado con Mercedes Gilly Hurtado, de la unión nacen: Carmen Mercedes, Pedro, Aymara, Enrique, Francisco Ricardo, Álvaro, Mario, Amada, Beatriz, Mariela y Pablo Enrique Padilla Gilly. Fuera del matrimonio Pedro engendraría a Pedro Reyes y a Laura Padilla.

Hombre político y de convicciones, sería el primer constituyentista guasdualiteño en participar en la redacción de La Constitución de La República de Venezuela de 1946. La legislativa se instaló el 17 de diciembre de ese año y el mismo día por unanimidad se designó al poeta cumanés Andrés Eloy Blanco, presidente, a Jesús González Cabrera como primer vicepresidente y Augusto Malavé Villalba, como segundo vicepresidente.

El medico guasdualiteño participaría activamente en la redacción de una serie de decretos y leyes, entre los que recalcan el Decreto de la Constitución Nacional, la Ley Orgánica de la Hacienda Pública, la Ley Orgánica del Ejército y de la Armada, la Ley del Trabajo, los debates del órgano legislativo eran transmitidos por las ondas radiales, lo cual ejerció un notable impacto sobre la opinión pública de la época. Como humanista Pedro Enrique se destacó en las obras sociales, siendo algunas de ellas: el rescate y puesta en funcionamiento de la Casa Hogar San Martín de Porres, donde contó con la invalorable ayuda de Sor Inés; además, fundador del Centro Médico Rubio, tuvo una destacada vida política y ciudadana. Sobre el reseñado su hermano Manuel, en decoro expresaría en forma verbal y escrita con fecha 15 de abril de 1995, dado en la ciudad de Mérida lo siguiente:

A Pedro en su otoño

La vida de los hombres sencillos se mantiene fresca ante todo acontecer de la naturaleza, siempre atentos y maravillados. Admiran el libre vuelo de los pájaros, el canto melodioso del río, el centellante colorido de las mariposas y el tierno nacimiento de un niño. Son los hombres a quienes importa la salud y el bienestar de todos sus semejantes. Uno de esos hombres es Pedro. Aquel rebelde y vigoroso hermano que sembró en mi niñez y juventud tan profunda huella. Recuerdo emocionado sus palabras, sus gritos, su sonrisa por aquellos caminos alumbrados con lunas llaneras, en medio de la sabana con olor a mastranto y a estoraque. Fue el Pedro que en búsqueda de superación se hizo estudiante de medicina, pero su indoblegable espíritu lo empujó hacia la política, embarcó sus sueños por una Nueva Venezuela. A causa de la caída del gobierno de don Rómulo Gallegos se ve obligado a venir a Mérida y continuar brillantemente, al igual que Mercedes, sus estudios universitarios de medicina y farmacia, que culminan con todo brillo. Aquí nacen varios de sus hijos. Como profesionales van a Rubio para sembrar digno ejemplo y alcanzar alto aprecio de sus pobladores. Han sido largos años hasta alcanzar sus bodas doradas matrimoniales y así llegó el otoño a mi hermano Pedro, ya caen las hojas de su robusto tronco. Caen armoniosa y silenciosamente, mojadas con el rocío de aquellas madrugadas llaneras y la lánguida llovizna tachirense. Hoy te miramos a ti Pedro, a ti Mercedes con el inmedible amor de todos tus hermanos, padres y amigos, todos presentes de alguna manera, todos emocionados en esta ocasión que al ser tan claro y cálida para ustedes, lo es también para nosotros (sic).

El Guasdualito, Macondo de Pedro Padilla Hurtado

De enraizada querencia por su tierra, el galeno Padilla dejaría su testimonio escrito sobre el Guasdualito provinciano de cuatro calles arenosas, con su cuartel y modesto santuario, siendo mi opinión objetiva: la más fiel y viva descripción del pueblo naciente de las primeras tres décadas del siglo pasado, época de trashumancia y comercios fluviales, un valioso insumo para nuestra labor de exegeta de la historicidad local, leamos parte de su texto:

Podríamos afirmar que para esa época y hasta avanzadas décadas del siglo XX, Guasdualito era como decir el confín del mundo, parte de un país diezmado como consecuencia de la devastadora guerra de la independencia, donde contingentes de venezolanos y entre ellos un considerable número de llaneros, perecieron en la lucha por la libertad de medio continente. La comunicación con San Fernando de Apure – capital del Estado – se hacía a través de la sabana a pie, en bestias y carretas y por el eje fluvial Sarare-Apure, la más utilizada para el transporte de carga, en rústicas embarcaciones desplazadas sólo por la fuerza del hombre, a palanca, remo y viento, sin ayuda de máquina alguna. Un viaje normal desde la capital del Estado, subiendo contra la corriente del río duraba normalmente quince días. Avanzada la segunda década del siglo empiezan a llegar desde Ciudad Bolívar utilizando el eje fluvial Orinoco-Apure, pequeños barcos de chapaleta impulsados a vapor por calderas alimentadas por leña, pero únicamente durante los meses de mayor invierno. Traían abundante provisión de víveres y mercancías en general, buena parte procedente directamente de Europa, no faltando la adecuada cantidad de licores en especial brandy, vino francés y español y hasta cerveza. Del Táchira nos llegaban víveres y mercancía en general y era el mercado casi exclusivo para todo el ganado producido en gran parte del Estado Apure. Además, del Táchira se dependía en lo militar, en lo fiscal, en lo educativo, en lo eclesiástico, etc.

La comunicación con el Táchira se realizaba por tierra o por vía fluvial. En cualquiera de los casos el viaje constituía una verdadera odisea. Por tierra se realizaba a pie o en cualquier bestia: buey, caballos y preferentemente en mulas por ser este animal más resistente y poseer mayor habilidad y malicia para desplazarse en terrenos dificultosos. El recorrido se hacía por una vía única, la misma por la que se arreaban todos los años alrededor de ochenta mil reses para el mercado de Los Andes. Por sabana abierta hasta la entrada de la selva, sitio llamado Boca de Monte, arreado el ganado por hombres de a caballo, a quienes en razón del tiempo que transcurrían montados en una silla, se les llamaba nalgas peladas. Al ingresar a la selva la ruta semejaba una especie de túnel formado por el tupido follaje de frondosos y seculares árboles que en muchos trechos ni siquiera permitía el paso de los rayos solares con un piso lleno de socavones y lodo, que hacía el tránsito dificultoso en extremo e imposible para el arreo por gente de a caballo. Por esta razón la manada era recibida para ser conducida en adelante por un hombre de a pie. Quizás a causa de la alimentación a que estaban sometidos durante toda la travesía selvática, estos arreadores pedestres sufrían frecuentemente de enteritis, por la cual recibían el apodo de “cagones”.

En lo educativo habían pocas escuelas, la educación básica era impartida por maestros particulares que afortunadamente poseían muy buena preparación y mística y, por tanto se esmeraban en enseñar lo fundamental en lectura, escritura, ortografía, caligrafía, matemáticas, en urbanidad y en moral y cívica. Las condiciones de salud e higiene eran muy precarias. El alumbrado era a base de rústicas lámparas a querosén y velas de esperma. Como algo avanzado y para un reducido grupo de regular posibilidad, apareció el uso del carburo (gas obtenido por la acción del agua sobre el carbono de calcio) y que distribuía por tubos de hierro hasta quemadores ubicados estratégicamente en diversas áreas de la casa. Todo esto constituía un verdadero lujo en aquella región y época. Aunque existía una iglesia de modesta edificación, la mayor parte del tiempo no se disponía de sacerdote, por lo que muchos bautizos y matrimonios tenían que realizarse en la vecina Arauca (sic).

Sin duda alguna que su espléndida y lúcida narración escenifica lo que concisamente sus ojos palparon, presentando en pormenores la cadencia de un tiempo único y prodigioso, el lapso del Guasdualito campero, aquel pueblo apacible que emigró en contramarcha con el devenir de las décadas veintenas. Como término de la reseña, es Pedro Enrique Padilla un prolífico guasdualiteño quien por virtudes e identidad es merecedor, como muchos más, del buen recuerdo por aquellos que lo conocieron en sus diversas facetas y tiempos. Honra a su tránsito vital.

ALJER.

Fuente: Facebook Aljer Ereú

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