El Caballero de Rojo

0
196
Publicidad

En materia de acontecimientos sobrenaturales que se ven, se oyen o en ambas  casos, mi querido Pueblo Viejo contiene cuentos y leyendas de andanza popular referidas a las ánimas y a sonidos de cascos de caballos, impactantes sustos que curiosamente ocurren es de noche y en ciertas épocas del año.

Hace ya algunos años ocurrió en Los Corredores de nuestro Pueblo Viejo, un hecho que por su relevancia cabe la curiosidad de describir, y es que en una de las bellas casas coloniales que conforman el paisaje típico de ese, nuestro emblema del Rubio de antaño  un señor proveniente posiblemente de Colombia, y cuya estadía se redujo a uno días, en calidad de hospedado y cuya manera  de vestir, de gesticular para acompañar su dialecto y lenguaje así lo mostraron, se había hospedó  en la habitación de una de las casas ubicada a mitad de trayecto de Los Corredores, pequeña habitación con puerta a la calle de aquellas que son características en el ámbito colonial del lugar por poseer dos pequeñas ventanas a una altura que permite al abrirlas tener una amplia visión de la actividad de la calle, son los famosos postigos..

El personaje ingresó a Venezuela con la finalidad de trasladarse posteriormente al interior del país, iniciativa que no es nueva en esta región fronteriza venezolana, y que seguramente por no poseer la documentación requerida en materia de acuerdos internacionales, por alguna razón llegó a allí, a los Corredores recorriendo la antigua carretera nacional que de Rubio conduce hacia San Antonio del Táchira y luego a Cúcuta en uno de los famosos camiones de carrocería de madera que para  la época atendían servicio de transporte público.

El curioso personaje de escaso equipaje entonces se instaló en la habitación y por obligación natural inició  corta exploración de la comunidad, el hombre, de recto y correcto buen vestir de camisa y corbata, una Biblia bajo el brazo, saludos cordiales y agradable elocuencia, imagen que captó la atención de los vecinos a quienes manifestaba estar de paso, solo unos días con sus noches con la finalidad de dar a conocer los preceptos bíblicos.

La curiosa y extendida averiguación vecinal tomo fuerza ante la inusual presencia en el sector de este tipo de personajes, al punto de que algunos vecinos llegaron  a la conclusión de que se trataba de una persona que profesaba una corriente religiosa no católica,  además el personaje en esa corta estadía, predicó asuntos religiosos altamente contrastantes con la creencia eminentemente católica que caracteriza  a los vecinos  de Los Corredores.

La primera noche de descanso transcurrió con normalidad, después de algunas prédicas, se retiro a la habitación ocupada, pero la siguiente y última noche, ya no transcurrió con la normalidad esperada porque transcurridas varias horas, y para colmo como a las once de la noche se fue la luz, una total oscuridad cubrió lo largo y ancho de Los Corredores, las gentes se recogieron en sus casas, el problema persistió hasta altas horas de la noche.

El visitante entre dormido y desierto de repente escucha un impresionante y estruendoso golpetear de cascos de caballo sobre el empedrado de la calle,  fuertes estornudos y resoplidos que al parecer provenían de un animal, tanto ruido  llamó la atención del personaje quién extrañado por lo avanzado de la hora nocturna, curiosamente abrió el postigo de la puerta, un fuerte resplandor de luz rojo brillante le cegó momentáneamente, casi de inmediato cerró el postigo, sintió que le invadía algo de temor, pensó, que se trataba de algo raro, su mente a velocidad gigantesca recorrió detalladamente lo que en su memoria  guardaba como acciones a seguir en estos casos, lentamente volvió a abrir el postigo, ahora era una imagen ecuestre de color rojo encendido pasando por de la calle, avanza hasta detenerse allá frente al puente azul emblema de la ciudad, o sea el puente Miranda.

El caballo erguido sobre sus patas traseras hacía desesperados intentos por atravesarlo, se notaba más alto que de costumbre, el jinete usando su fuete castigaba duramente al corcel para que avanzara o saltara un presunto obstáculo que no se lograba ver ni entender, el animal hacía poderoso y desesperado esfuerzo acompañado de fuertes soplidos, animal y jinete  parecían encender aún más el rojo color de la visión,  los intentos fueron en vano, bruscamente el animal giró en dirección contraria para volver sobre el camino antes recorrido, en cuestión de segundos se desplaza por los aproximadamente cien metros del largo corredor colonial para ahora dirigirse hacia el Puente Unión o Puente Cipriano Castro, pasan caballo y jinete frente a los asustados ojos del hospedado quien logra apreciar en medio del resplandor a una figura de impresionante talante y capa, cuya cara irreconocible por las desfiguradas facciones, era algo así como lo que a él en numerosas oportunidades le habían comentado que era la imagen del diablo, la velocidad le impidió precisar de quien se trataba, a estas alturas del acontecimiento ya el hombre estaba pensando en conjuros e invocaciones que según él lograrían destruír o alejar tan impresionante acontecimiento, pero, lo implementado por él parece que por el miedo que le invadía fue el equivocado, porque lo que estaba ocurriendo era que caballo y jinete no lograban alejarse, por el contrario, actuaban como detenidos entre los dos puentes, entre las dos corrientes de agua, río y quebrada.

En medio de la oscuridad notó que sobre el puente Unión un grupo de gentes como semidesnudas, cubiertas solo de la cintura hacia abajo, y como con cabellera larga batían amenazantes sendos palos encendidos en candela.

El sorprendido transeúnte escuchó claramente lo que gritaban al enfurecido jinete y corcel:

. . . . “pos cará, pos cará, pos cará”. . . .

La escena se repite, el caballo nuevamente hace desesperados intentos por atravesar el puente pero  el grupo se lo impide.

El enorme animal erguido sobre sus patas traseras se notaba más alto que de costumbre, el jinete usando su fuete castiga ahora con más fuerza al caballo para que se devuelva, manotea al aire en forma amenazante contra el grupo, tratando de infundir miedo, las gentes levantan una cruz y se le van encima, el jinete castiga al rojo corcel para que se devuelva, el animal obedece, se producen fuertes soplidos desesperados de animal y el jinete, el animal gira bruscamente en dirección contraria para volver sobre el camino antes recorrido, en cuestión de segundos inicia enorme velocidad ahora por la calle unas veces y por el corredor otras veces para ahora dirigirse nuevamente hacia el Puente Azul, pasa por la puerta donde se encontraba el asustado y único observador del evento, se detiene por segundos frente a él, el animal se levanta sobre sus patas traseras, parecía como más alto, el caballero de rojo le mira, le hace una señas que el hombre no entiende, cierra el postigo, ora, pide ayuda al superior, repite conjuros, se arrodilla y se resigna, de repente siente que el estruendoso evento disminuye su volumen, el silencio de la noche empieza a sentirse, la asustada víctima temblorosamente va abriendo el postigo, y observa que allá, al inicio del puente Azul están caballo y jinete, la escena se repite, el caballo nuevamente hace desesperados intentos por atravesar el puente, no puede hacerlo, algo se lo impide, ese algo es una preciosa luz blanca y muy brillante que proviene de una casita, una especie de capilla existente en el Cucharo, la luz se hace  mas fuerte, destella  poderosamente, más intensa que la de los infernales personajes, he aquí el obstáculo infranqueable, caballo y montura retroceden, desisten del intento de atravesar el puente, el animal gira a la izquierda sobre sus patas traseras, doblan en dirección de la calle Zea, entablan veloz carrera por la calle y se pierden en la distancia, el espacio colonial se oscurece y lentamente todo vuelve a la calma.

Poco a poco, aquel impresionante capítulo del Caballero Rojo y su corcel se fue perdiendo en el ambiente de aquellos Corredores de entonces,

 Una sepulcral calma empezó a sentirse, el asustado huésped cerró suavemente el postigo de la puerta, todavía un ligero temblor le invadía, es que aún estaba muy reciente tan impresionante evento, le llamaba la atención que afuera en la calle solo reinaba la oscuridad y la soledad, pensó que seguramente los vecinos muy asustados ni para que asomarse a la puerta, y es que no era para menos lo que acababa de pasar pensó.

 Segundos después un suave llovizna empezó a sentirse caer en la calle, llega la luz, y él lo percibe por una de las hendiduras del postigo, asustado nuevamente se paró a curiosear, el bombillo de la esquina mostraba una luz tenue, no era suficiente para cubrir la calle, miró su reloj de pulsera y las agujas marcaban las tres y media de la madrugada, pronto llegaría el día se comentó a si mismo, como dándose ánimo, el agotamiento hizo lo demás y cayó en un intermitente  dormir.

Solo unas horas después, a eso de las seis de la mañana los primeros ruidos de la calle despertaron al forastero y visitante, la primera impresión que le invadió fue lo ocurrido hacía unas horas, había que largarse de ese lugar lo más pronto posible fue lo que primero vino a su mente, pagar la habitación e irse pal carajo, así lo pensó, así lo hizo, se paró, acondicionó su liviano equipaje, salió a la acera, toco la puerta de la casa de al lado, la de los dueños de la habitación, cuando le abrieron, una jovencita avisa a mamá y papá, lo mandan a seguir adelante y le ofrecen un posillo de café caliente recién colao, el fulano lo que mas ansiaba era alejarse de allí, casi a ruego recibió el cafecito para tímidamente  comentar lo siguiente:

. . .” como les pareció el escándalo de anoche? Duró casi hasta las tres de la madrugada,  yo no pude dormir”. . .

La señora mira a su esposo quien le devuelve la mirada, pensaron que el inquilino escuchó lo que ellos estaban haciendo a esa hora de la noche, sintieron pena, y como si nada respondieron:

. . . “ah si, es que aquí molestan mucho los gatos? . . .

El forastero sin idea de lo que estaba pasando por la mente de la pareja echó el cuento poniendo los ojos que ya se le salían de la cara:

. . . “no, cuales gatos, yo estoy hablando es del caballo y el hombre ese vestido de rojo que casi toda la noche no hicieron sino correr pa arriba y pa abajo como locos y para complemento los borrachos o patoteros esos del puente con esa gritería que a nadie dejaron dormir” . . .

 Los señores de la casa y la jovencita se miraron extrañados, ay si la cosa iba como en serio, porque en verdad ellos nada habían escuchado y así le aseguraron al inquilino ocasional  que ya se le salían los ojos por lo que escuchaba de los señores de la casa.

La pieza donde ellos dormían daba a la calle a través de un enorme salón que magnifica cualquier ruido de la calle, el gnóstico calló pensando que no valía la pena extenderse en el comentario, simplemente pagó la deuda, terminó su café, se despidió agradecido por la hospitalidad y se marcho rápidamente de allí.

Pero la cosa aquí no terminó, porque la pareja alquiladora de la habitación quedó impresionada por el cuento y sobre todo considerando que ese tipo de personas que leen mucho la Biblia se cuidan de andar mintiendo, así que procedieron a averiguar con los vecinos lo del tal caballo, pues resulta que nadie vio nada, nadie sintió nada, solo un viejo echador de vaina dijo:

 . . . “lo que pasa es que ese carajo anoche tragó caraotas con arepa y no pudo dormir de la tremenda pesadilla que le dio, no ve que yo lo vi comiendo en la pensión como a las ocho y media de la noche?. . creo que hasta mute comió”. . .

 Los vecinos estallaron en risa, el cuento lo revolvieron con otros cuentos y el incidente terminó en mamadera de gallo.

 Pasarían los días y cuando ya el incidente poco a poco se estaba olvidando, ocurrió que días después, uno de esos borrachos eternos del barrio, estando sentado sobre la acera en la esquina, y en uno de sus escasos momentos de lucidez, haciendo uso de su alcohólica elocuencia le contó a otros compañeros de etílico que hace días le habían caído mal unos miches que se echó porque en medio de la pea cuando estaba tirado allá al final de la calle Zea, cerca del río, vio cuando desde los Corredores  como a eso de las tres de la mañana venía a toda mecha un caballo con un tipo encima que le daba juete para que corriera como alma que lleva el diablo, que era tanta la velocidad que botaba llamaradas rojas de candela en los cascos, que el  como pudo le abrió campo y le echó una mentada de madre y vio como esa vaina rara se encaramó en el río y echó a correr pa bajo, detrás de esa vaina enseguida aparecieron un poco de tipos casi empelotos, de pelo largo y que a punta de palo y piedra los corretearon río abajo como hasta donde comienza el cerro, esos pingos venían desde arriba, como desde el puente, dijo el borracho pensó que seguramente eran los macacos o los pandilleros de San Diego que andaban por ay jodiendo, luego se quedó dormido y al otro día ni se  acordó  de lo que pasó, hasta hoy que uds salieron con ese pingo cuento.

Los oyentes que conocían lo mentiroso que es ese carajo juan peroles se rieron y se burlaron de él, le aconsejaron que tomara miche del bueno, no esa vaina podrida que venden a escondidas de la policía, Juan Peroles el borracho calló, y dijo si, pásame unos dos bolos para comprar la de hoy, que tristeza, a esta hora y no me he echao un triste palo.

Autor: Alexander Omaña de su libro «Viejerías de un Palmitero»

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí