El día a día de una tachirense: vivir entre colas

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Es el día a día de una tachirense genuina como María Chacón, igual puede ser el de Luis Ramírez o cualquier habitante de este estado, vecino con Colombia, convertido en sinónimo de vivir entre colas para adquirir alimentos, gasolina, medicinas. También puede ser el diario de John Jairo Restrepo, colombiano, del Norte de Santander, pero con cédula venezolana, que por la bonanza que le significa el diferencial cambiario –el peso vale mucho más que el bolívar– compra todo al cruzar la frontera, al tiempo que padece las colas, las ayuda a robustecer.

María Chacón sabe que, conductor que se respete, ese día le corresponde hacer cola para surtir gasolina. Y es que desde el año 2002 no hay lunes que no exista fila para poner el vehículo a funcionar. Si viene de un fin de semana con normalidad, en la gasolinera la espera es de unos 30 minutos; pero si corresponde a las semanas difíciles, hay que prepararse hasta para dos horas de cola, lo cual sucede por lo menos una vez cada mes, y no se puede obviar que ese día la ciudad será un verdadero pandemónium vial. María no sabe si esa incomodidad es culpa del contrabando, menos envíos del hidrocarburo, saboteo de dueños de las estaciones, solo padece las consecuencias de un problema que no le corresponde a ella solucionarlo.

Un día de los más agotadores. Se trata de hacer mercado. María Chacón comienza la verdadera pesca de alimentos o, para estar a tono con el vocabulario de estos días, se trata de hacer el verdadero viacrucis por los grandes supermercados. Al llegar al primero siente alegría: no hay cola. Agarra el carrito y comienza el paseo por los pasillos, encuentra juguetes, muchos utensilios de plástico y vidrio, exquisiteces, servilletas, bisutería, legumbres, abundante pasta, pero no regulada, harina precocida, carnes debidamente en sus bandejas, pero nada de productos de limpieza ni los alimentos llamados de la cesta básica o subsidiados, léase baratos. Entendió por qué no había cola.

Decide ir para el segundo gran establecimiento, pero no puede entrar. La fila de personas sale del local y tiene más de dos cuadras, el último de la cola le dice: quizás van a vender jabón, y esa frase sin certeza la espanta. No tiene tiempo para estar mediodía esperando a ver si les lanzan, previo pago, el jabón en polvo. Decide continuar el camino por el tercer supermercado, donde las personas ordenadamente y casi en silencio salen de la puerta del local. Y es que están ofertando café. Luego de hora y medio se va con el pequeño tesoro. No puede continuar el tour, pues son casi las 12 del día.

El gran día. El más esperado. El que pareciera valer todos los sacrificios. Le avisan a través de un mensaje de texto que llegó la escasísima leche en polvo a una cadena de supermercados y le advierten: ya hay más o menos gente. Se apresura en irse.

Al llegar, lo que ve es un río humano en cola. Hay ancianos, jóvenes, niños, algunos con bolsas, termos con café, pañales desechables, papeles, desechos en el piso. Mucha bulla. Abunda el desorden. Hay personas de todos los municipios del Táchira. Familias enteras: mamá, papá, hijos y hasta abuelitos. Nota por el acento, por las palabras, por los cuentos, que algunos de sus compañeros llegaron de madrugada del Norte de Santander; además se reconocen porque traen sus desayunos y almuerzos preparados, parecieran estar de camping y también vienen en combo familiar.

Todos muestran ansiedad porque podrán comprar dos kilos de leche en polvo. Algunos creen estar alucinando, pues se trata nada más y nada menos que de leche en polvo.

Autoridades policiales llaman al orden mientras llega más gente. A las 8:30 comienzan a expender el añorado producto. La gente sale como con un gran trofeo envuelto en dos bolsas plásticas. Varias llevan las bolsas literalmente abrazadas. Sigue reuniéndose más gente, mientras alguien por megáfono dice que hay leche solo para mil personas. Respira, definitivamente es el gran día de María Chacón, pues le marcaron en la mano el número 400.

Se prepara para hacer sus horas de cola. Animan la espera con charlas sobre el gobierno, la falta de producción, de la especulación, del bachaqueo. De vez en cuando se presenta algún escarceo, seguido de la frase “alguien se quería colear”.

Luego de mediodía se acerca su hora y entra al establecimiento y nota que por lo menos 45 minutos le quedan de espera. Pasa el tiempo y llega a la caja, sale con sus dos kilo de leche en polvo, luego de la 1 de la tarde. En el semáforo que está cerca del local de donde acaba de salir con su gran presea hecha polvo, observa a un hombre que con un cartel anuncia que vende dos kilos de leche, y María Chacón le pregunta cuánto, y obtiene como respuesta: 400 bolívares cada una, y ante su cara de asombro el improvisado comerciante le replica: son varias hora de cola. Se dice para ella misma: también hay bachaqueo interno.

Con antelación María Chacón sabe que es hora de hacerse la tomografía recomendada por el médico. Escoge uno de los grandes centros privados para asegurarse que se la efectuarán y también para evitar las colas de los hospitales públicos. Al llegar observa congestionamiento en el pasillo, pregunta a la encargada que, le dice: señora, ya no hay turno. Ante su cara de asombro le explica: aquí hay gente desde las tres de la mañana. Y como su rostro comienza a dar signos de descontrol, la encargada le agrega: no ve que ahora viene gente de Cúcuta, pues a ellos estos exámenes les salen muy baratos, allá son caros. Sale desconcertada, sabiendo que la próxima semana debe llegar a las tres de la mañana. Aún con inconformidad decide dar una vuelta por los expendios que el gobierno colocó para conseguir los productos, y a precios regulados. Las largas filas la hacen irse directo a casa, con una mañana calificada como perdida.

Viernes 6 am.

María Chacón decide ir a un mercado popular o municipal. “Allí encontraré lo que necesito. No puedo hacer más colas”. Efectivamente, con el bullicio de estos expendios ve en los quioscos los artículos de primera necesidad, pero los precios le impiden adquirirlos: jabón en polvo el kilo 200 bs; axión pequeño 100 bs; papel higiénico 1.500 el de 12 rollos; shampoo 300 bs. Ante su asombro, los ofertantes le dicen: señora, es que no sabe que el bolívar no vale nada frente al peso. Ella asiente con la cabeza, pero observa que muchos de esos artículos tienen el rotulado: Made in Venezuela.

Sábado 6am.

Día de hacer ronda por varios supermercados y abastos a buscar detergentes. Entre colas medianas, de dos horas, y algunos sobreprecios los encuentran, claro, muchas de las reconocidas marcas ya no están. También acude a los llamados genéricos, que también han incrementado los precios.

Domingo 7 am.

Aunque se tiene como el día para el descanso, María Chacón decide ir a la caza de las proteínas recomendadas por los nutricionistas: carnes. Con asombro, al acudir a los lugares tradicionales encuentra avisos de: carne no hay. Y en los pocos estantes donde se observa, hay cola –no tan largas como las de la leche- pero sí un tanto inusuales. El vendedor da una clase de cómo no puede vender a precio regulado, como se lo exige el gobierno, para concluir que tiene el kilo a 600 bolívares, y con el consabido “si le sirve así llévela”. Continúa el recorrido y ve que solo en mercados populares hay pollo, que cada semana aumenta el kilo, con la respectiva explicación de quien lo oferta: “a nosotros el distribuidor nos lo deja así”.

Lunes 6 am.

Vuelve María Chacón a madrugar para hacer la cola por la gasolina. Los domingos esta misión es imposible, hay muy pocas estaciones abiertas y las filas son kilométricas. (@omairalabradorm)

Historias paralelas

** Una señora llevó a sus morochas para que le vendieran dos kilos de leche en polvo. Explicaba que por ser dos niñas, a ella le correspondía un kilo por cada niña. Procedimiento negativo.

** En un barrio ubicado cerca de un gran supermercado tienen un sistema artesanal de comunicación, para avisar cuando llegan productos regulados. Salen en cambote a comprar. Algunos de ellos mismos se autodefinen como bachaqueros. Bachaqueros uníos es el lema.

** Otra madre en un establecimiento de asiáticos llegó y colocó a su lactante nieto en la caja y le gritó al encargado: para este niño era que yo buscaba pañales. No era mentiras y ustedes no me los vendieron, prefirieron dejárselos a los policías. El expendedor le habló en su idioma: chino, y continuó su labor. Se hizo el chino.

**Unas personas en un mercado popular o municipal reclamaban por qué exageraban con los precios de artículos como papel, shampoo, jabón y pacientemente el dueño del establecimiento les dijo: “entonces, m… las colas”. Especulador y soez.

** Dos mujeres se pararon en una cola que había en un local del centro, no muy larga y no preguntaron qué vendían. Cuando entraron al establecimiento se dieron cuenta que la fila era para adquirir una marca de helados que dan para vender al detal. Síndrome de la cola. (Omaira Labrador)

Fuente: lanacion.com.ve

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