El espanto de la Casa Presidencial

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La Palmita
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Una leve brisa proveniente del oeste, trayendo su humo y olor alquitranado de la quema de la hulla en las veinte alfarerías de La Palmita cubrían el valle que junto a la neblina se hacía imposible percibir detalles a treinta pasos de distancia. Ese fue el motivo para que Antonio se levantara más tarde de lo usual. El reloj de la torre daba los cinco campanazos de la mañana. Sin embargo, existían otros motivos más poderosos: los contertulios de los “Patios”: Martínez Sayazo.

Opinaba el uno que el sermón del cura el domingo había sido duro con los borrachos, mujeres licenciosas y los contrabandistas; que trabajaran y que no fueran a buscar espantos ni botijas en las casas de los presidentes Gómez y Pérez;; el otro opinaba que el cine Astral sólo estaba pasando películas vaqueras de Roy Roger, Kit Carson, John Waine y que don Manuel, en el Cadenas, puras películas viejas; otros opinaban de que el lunes primero (le noviembre, día de todos los santos, esperaban que se produjeran inundaciones pues, en años anteriores también había sido en ese mes. 1-Termes habló lo que había escuchado en el mercado,”…que la casa del Presidente estaba embrujada””… que salían almas en pena, duendes, espantos”, “…y que esto se debía a las botijas de morocotas que allí había”.

A Antonio lo había fulminado el sueño… —; Andáte a dormir Antonio!, le dijo su mujer. Sólo despertó cuando ella lo movió pues ni siquiera el sirenazo que había instalado el alemán Werner Hornung en las torres de la iglesia lo había sacado del territorio de los sueños. Era las 5 de mañana del lunes.

Antonio tomó su burrita de acero y se dirigió a realizar su eterno oficio. Tenía que repartir tres arrobas de periódicos a los subscritores. La prensa en cicla y Antonio a pie.

Aún adormecido pasó por la esquina de la Casa Presidencial. Al mirar hacia una de sus ventanas detuvo la cicla instantáneamente. Desde el interior alcanzó a ver unas manos que le hacían señas y sorprendido, creyendo que era alguien conocido sólo pudo percibir que las hojas de una mata de cambur se jamaqueaba con el viento corno si lo llamaran. Empujo la puerta y penetró hasta el zaguán. De pronto no vio más las manos, pero fije atraído por la luz de un foco que guindaba del techo de un cuarto. Al llegar al corredor central subió los tres escalones y de pronto la luz se apagó. Una voz de ultratumba resonó en la oscuridad: “Sáqueme de penas, lléveme a descansar”. Antonio sintió que se engarrotaba, un escalofrío llenó todo su cuerpo y se puso grifo. Quiso decir una palabra pero sintió un profundo hueco en su estomago, la garganta se le secó, y los pelos se le pararon. Ave María Purísima!, pensó; qué vaina es esta… Allí fue cuando recordó corno entre brumas la conversación del día anterior en “Los Patios”, y todo lo que el pueblo contaba. “No señor, esta vaina tengo que encararla, se dijo, y corno pudo soltó una palabras: “Qué quiere ,“de parte de Dios o del Diablo, qué quiere..”. De pronto vio una figura un tanto blanquecina al fondo de una habitación que le suplicaba: “Ayúdeme a descansar”. Si lo escucho, pero qué quiere que haga dijo llenándose de valor, y resuelto a no dejar escapar de sus manos la situación. Ayúdenme!… Sí, diga lo que quiere. “Quiero que me quite el liquiliqui que llevo puesto, lo voltees al derecho, y me lo vuelvas a poner, tienes que rezar tres padrenuestros y tres avemarías, pero no quiero que me mires a la cara, no puedes mirarme a la cara, ese es el pacto, yo te premiaré”. Antonio pudo comprender en ese instante que el asunto era harto difícil. Un escalofriante miedo le hizo titiritar, y corrió a encender la luz pero esta no prendió, y fue entonces cuando se encomendó a la virgen del Carmen. La blancura del traje del espanto contrastaba con la inmensa oscuridad.

De frente y ya sin miedo, Antonio le volteó los pantalones sin ningún inconveniente, y le ajustó la correa. Enseguida le quitó el paltó y se lo puso al derecho y empezó a abrocharle los botones de abajo hacia arriba. Al llegar al cuello sonrió interiormente creyendo que ya había cumplido con los pedidos, pero al querer encajar el último botón como por inercia levantó los ojos para fijar la terminación de su encargo, y fue entonces cuando miró la cara del espanto, Había perdido, un montón de estrellas brilló ante sus ojos y cayó fulminado sobre el suelo.

En el hogar de los Martínez Sayago, la ausencia de Antonio a la hora del desayuno, ya que este solía llegar a las 9 de la mañana luego de su reparto, los había llenado de angustia, porque a más tardar a las ocho y media, él ya había regresado de su faena matutina. La cuestión se hizo aún más alarmante cuando varias personas habían pasado por la casa en busca del periódico alegando que don Antonio no lo había llevado; unido a ello, los señores del transporte cansados de esperarlo para entregarle los periódicos que venían desde San Cristóbal lo habían llevado casi a las siete de la mañana a la casa de los Martínez. Algo ha pasado, dijo Luis su hijo mayor, y salió en compañía de sus hermanos a buscarlo, primero fueron al Hospital y luego se enrumbaron a la Policía, pero nada; don Antonio no aparecía por ninguna parte y la alarma cundió en la vecindad de “Los Patios” al ver a sus hijos corriendo de un lado al otro. A su regreso, Luis, su hijo mayor, por su propia intuición siguió la ruta que seguía diariamente su padre, al pasar por la Casa Presidencial vio la puerta entreabierta y penetró a ella. A un lado, recostada en el zaguán estaba la bicicleta, subió los tres escalones y entró en la habitación donde su padre yacía aún desmayado. Moviéndolo poco a poco logró que Antonio volviese a la realidad: ¿Dónde estoy?, preguntó con asombró. Tranquilo papá, ya todo está bien, vamos para la casa. Su esposa, hijos y vecinos se alegraron de verlo de regreso y éste les comentó que se le había dañado la bicicleta y que se había caído> cuento que hizo circular para evitar las burlas y las consecuencias de su entrevista con el espanto. Una pizca andina con pollo le esperaba en su casa, pues Antonio argumentó estar muy débil. Luego de haber dormido un rato y ya recuperado le contó a su esposa y a su hijo mayor, lo que realmente le había sucedido. Pero corno entre ciclo y tierra no hay nada oculto, un buen día se supo lo de Antonio. El folclor criollo aumentó su parodia y le acuñó las leyendas de la casa contigua que fue en un tiempo del presidente Juan Vicente Gómez. Como tenía gallera, decían que el tesoro enterrado era de las ganancias del benemérito “, que le habían visto en la noche jugando a los gallos..,”, “…que don Antonio Pérez, padre del Presidente enterraba las morocotas ; “…el Banco Táchira cuando estuvo en el local dejó barras de oro enterradas…”, y un sin fin de cuentos que aún andan por las calles. Pasaron los años y en la casa de don Antonio instalaron la Escuela Mérida, los chicos salían todos asustados, las maestras no querían trabajar allí, cuando les asignaban trabajo para el turno de la noche pedían cambio para otra escuela, su argumento era de allí espantaban, asustaban.

A un acreditado comerciante rubiense, cuyo local quedaba al frente de la plaza Bolívar, le asignaron la casa para que la reparara y lo primero que hizo fue prohibirle la entrada a la misma al “Pollo” Antonio”, como lo llamaba popularmente el pueblo, porque según la lengua de Antonito, era el “banco” de relación con lo terrenal y las ánimas. Ese hecho lite entonces noticia y Antonio fue execrado de los linderos de la Casa Presidencial.

Apareció la tecnología y esta fur traída con especial interés por el pesero y gallero el señor Andrés Andrade a la población y en especial a la Casa Presidencial. Don Andrés adquirió en los Estados Unidos un resonador magnético. Un radiotécnico de la localidad lo conectó a un viejo electroimán de los teléfonos magnéticos una aguja que señalaba la presencia metálica en el suelo. Pero éste olvidándose de la famosa prohibición del comerciante, contrató a Antonio para descubrir el tesoro, pues se decía que era el contacto ideal. Luego de numerosos preparativos comenzó la búsqueda del tesoro no solamente en la Casa Presidencial, sino en varias casa antiguas de Capacho y San Antonio. Incluso treparon hasta la hacienda La Mulera donde nació don Juan Vicente pero sus intentos fueron infructuosos. Sólo atinaron a sacar palas viejas, clavos, relojes, piquetas, herraduras y chícuras, y alguna que otra bayoneta oxidada, en los sitios donde la aguja del magneto indicaba. Cansados de desenterrar cacharros y agotados de paciencia y de recursos económicos, el “Pollo” volvió a repartir los diarios y Andrés Andrade a su trabajo en la gallera de la calle Páez, hoy avenida 9. Como buen gallero, para poderse “tapar” de las pérdidas vendió a buen precio su avanzada tecnología.

A partir de ese momento no más trasnochos, ni entierros, y volvieron al diario quehacer; aunque unos dicen que Antonio volvió varias veces a las andadas en la Casa Presidencial, pero no tuvo suerte, pero la única que le cupo en su corazón, fue la de haber sido toda la vida un hombre recto, honesto y trabajador a toda prueba. Ese tesoro vale millones de veces más que los tesoros de la Casa Presidencial y de las morocotas de la casa contigua.

Martín Suárez López, “13 crónicas andariegas y un cuento”

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