El Espanto de La Guaira

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En las postrimerías del siglo XIX, sucedían en esta ciudad Pontálida muchas cosas raras; guerras, alzamientos, pestes, en cuanto a lo material, en las fantasías muchas narraciones de “La Llorona“, “La Mula Maniada“, “El Tarrayador“, “El Anima Sola” y muchas más que se convertían en los chismes del día comentados en la mayoría de los ambientes sociales. Para tantos males de la humanidad el pueblo siempre ha aceptado una devoción o muchas, y escoge. Una de las devociones de la época fue “La Mano Poderosa” y con este lema se afrontaba cualquier peligro, cuando el que lo invocaba tenía fe y así se contaban milagros que nadie podía constatar como verdaderos.

Por esto cuando Peñalosa está en el Táchira y se opone al mandato del General Castro, rezaban, los que no creían en la rehabilitación: “Mano Poderosa ayúdale a Peñaloza” y esto era un dicho muy popular, pero los contrarios que sostenían la rehabilitación y que no se dormían, buscaron la contra de la oración y decían: “Poderosa Mano ayúdale a Cipriano“.

Al darse cuenta el conjunto de autoridades de este desorden, pidieron al jefe civil que diera un “Bando” (esto consiste en tocar fuertemente y con determinado sonido una tambora en las esquinas de las calles y al aglomerarse la gente curiosa, el alguacil daba lectura al “Bando” lo que hoy se llama disposición oficial en el que se aplicaban fuertes sanciones a los de los rezos partidistas.

En esta época había un Quijote inteligente y preparado que ocupaba una posición bastante buena en la sociedad, heredera de los “Carapos “. Este notó la candidez de los moradores y los prejuicios que tenían por “La Llorona“, “El Ánima Sola“, y otras historias de misterio.

Su dulcinea vivía como a siete cuadras de distancia y no siempre se podía ver en la casa del galán porque la diferencia social era muy notoria. En esta época, afortunadamente para Rubio ya superada, el alumbrado público era con Kerosén y se usaban faroles a cada 100 ó 200 metros en las esquinas. Después de las siete de la noche eran muy pocos los que transitaban por aquellas calles que eran empedradas, con monte, basura y una cuneta de piedras por el centro como desaguadero.

Además era peligroso andar a oscuras, pues cada hombre la menor arma que portaba era una “marranera” (cuchilla aguda de matar cerdos), nuestro personaje vio que era muy fácil hacer la travesía de seis cuadras embozándo el rostro para no ser conocido por nadie, procurando pasar lejos del farol cuya luz a las ocho de la noche ya era muy débil, pues el “Farolero” (inspector del alumbrado público) suministraba muy poco Kerosén para ahorrarlo y economizar unos reales, de tal manera de ponerse un sobresueldo.

Caminando las seis cuadras llegaba Quijote a un solar que había en la esquina y allí detrás de un matorral se disponía a acomodarse su indumentaria que consistía en una especie de disfraz de dominó, con alta capucha, que lo transformaban en un bulto negro, tétrico, de dos metros y medio de altura. Muchos de los que vieron este espanto se privaron del susto. Así iba pasando el tiempo y la leyenda del espanto se comentaba cada día “es una alma en pena” decían unos; “es un tesoro enterrado” decían otros’. Los que habían visto encapuchado tenían la esperanza que para ellos era “el entierro”.

Había un ventorrillo donde se reunían los “Pájaros Bravos” (hoy se llaman Club) donde se empezó a comentar en serio lo del espanto tan alto y tan terrible. En las reuniones tomaban mucho “Cachicamo” aguardiente destilado de contrabando que siempre venía de Capacho y Barro Amarillo. El dueño del ventorrillo fomentaba a más no poder las tertulias porque así se prolongaban las libaciones y siempre estaban formando planes para salirle al espanto pero ninguno se resolvía.

Pasaron algunos meses y el amor propio de los del corrillo se fue comprometiendo y expresaban “como decís que sos tan guapo”, salile al espanto

“A que si le salgo. Vamos una apuesta”, le dijo un pesero a un marranero, pues estos gremios han sido según el pueblo bajo, los audaces y valerosos hasta para tomar “cachicamo”. Concertaron un día formalmente la apuesta y el carnicero se armó de marranera, garrote y una cabra mocha (el antiguo revólver). No sin antes haber envuelto ramo bendito a las empuñaduras y ponerle incienso bendito que suministró el sacristán para el cachicamo. El pesero se recostó de espalda a una puerta a esperar el espanto que al fin apareció y cuando estaba a unos cuatro metros de distancia le dijo con todo énfasis:

“Diga de parte de Dios que necesita o le disparo mi revólver”.

Don Quijote comprendió el compromiso en que estaba metido y antes de que el medio borracho le disparara se quitó la capucha, se dio a conocer y le rogó al pesero que le guardara el secreto ofreciéndole una buena propina.

Muy pocos supieron de esta historia porque el secreto fue guardado a causa de que el Quijote era persona de importancia.

Sacamos en limpio que el amor a las dulcineas y actuar en falso da para muchas historias, y por eso es que las mismas quién las hace… les cuesta algo…

Martín Suárez Albarracín

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