El falso espanto

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falso espanto
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“Corría el año 1918, Francisco Segura había llegado a Rubio procedente de Colombia, atraído por un ambiente más próspero y continuando la tradicional emigración que se pierde en la lejanía del tiempo, de aquella humilde gente del pueblo que ha venido amalgamando los dos países a través de la frontera. Segura era un herrero y un gran trabajador. Tenía buen aspecto, su modesta educación y cultura lo hacían simpático y siempre en las conversaciones sentaba cátedra de erudito, como la mayoría de los colombianos.

El Salón Caracas estaba situado donde hoy habita don Teófilo Sánchez, en la mitad de la cuadra. Había una pensión en “El Palo Santo“, punto éste, donde existió un naciente de agua muy limpia que abastecía en mayor parte a Rubio, como su acueducto.

Después de salir de una función de cine del Salón Caracas, se entraron a la Pensión Villamizar, llamémosla así, un grupo de “Pájaros Bravos” de aquellos (trasnochadores, parranderos, cañoneros) y entre ellos estaba Segura. Este grupo venía a comer hallacas y café que allí las preparaba muy buenas

Segura le hacía el amor a una simpática mesonera que olía a orégano, albahaca y romero, se sentía tan enamorado que dejó que se fueran los otros “Pájaros Bravos“, quedándose él conversando con la moza hasta bien tarde.

Pasada la media noche, la mesonera cerró y Segura se quedó parado en la esquina hoy de Carmelo Rodríguez. De pronto siente que se produce un gran murmullo en la pileta del “Palo Santo” y ve como una pequeña procesión de bultos negros que junto con los rezos, forman a través del miedo que le está embargando, un ambiente sombrío y tétrico. Emprende la marcha hacia el Oeste y le persiguen los fantasmas; llega a la esquina de la luz y viene muy cerca, llega a la esquina de las Larita y los fantasmas le persiguen..

Las sombras vienen por la mitad de la calle y Segura va por el andén Sur de la misma y tiene por fuerza que cruzar la calle porque Segura vive en una casulla en todo el terminal de ésta calle con el río Carapo. Dicha casa fue del “Chato Resuro”, simpático personaje que siempre era prioste de las Fiestas de San Isidro, para entonces muy celebrada en esta región.

En la esquina de las Larita fue donde Segura sintió el pavor más grande de su vida. Murmullos tenebrosos y sombras negras que le persiguen, fantasmas imaginarios complementan el tétrico momento. Hace un esfuerzo sobrehumano, atraviesa la calle, llega a la casita, da un fuerte empellón al portón, éste se abre, llega a la puerta de su pieza que está con llave y cae privado boca abajo. Una viejecita vive en otra pieza que le alquiló el “Chato Resuro“. Esta que es muy atenta con Segura se levantó, trató de llamarlo pero no contestó; creyó la abuela que venía tomado, le echó una manta por encima y lo dejó quieto. Al otro día que era domingo a las ocho de la mañana todavía no se había despertado. Al fin pasado ese marasmo, contó lo que le había sucedido y aseguró que él no había tomado licor esa noche anterior.

Desde esa noche empezó el calvario de Francisco Segura; le invadió una decadencia en su salud y aquel hombre que tenía una fuerte contextura empezó a languidecer, a agotarse a acabarse del todo. En menos de un año estaba Francisco Segura sepultado en nuestro Campo Santo.

Fuente: servidor-opsu.tach.ula.ve

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