El fantasma de la Biblioteca

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No sé si ustedes me entiendan, si no, no los culpo, porque en resumidas cuentas, lo que pienso contarles, si la vida me aguanta un poquito, fue lo que pasó aquella noche en el viejo bar “Las Américas”. Quizá tendría yo unos 16 o 18 años, eso poco importa. Lo único cierto es que ese sábado por la noche, no serían más de la nueve, me encontraba con unos amigos tomándonos unas cervezas. El lugar era para la época de los setenta y los ochenta, el sitio preferido de nosotros los parroquianos.

El bar estaba repleto de gente, era la época de bailar con la música de las rokolas, mejor que con esos potes que ahora llaman minitecas, porque uno tenía la oportunidad, al menos, de seleccionar sus canciones. Bueno, pero ese es otro cuento. Aquella noche en medio de ese gentío, como popularmente se dice, lo único raro que oímos todos, fue el frenar violento de un carro que había llegado al estacionamiento, pero la música ensordecedora nos hizo perder la pista de la tragedia que se avecinaba.

La sala de baile estaba repleta, era la época de los éxitos de la Billos y los Melódicos. Nosotros estábamos cercanos a la puerta, desde donde divisábamos la totalidad del local. De pronto, porque eso sucedió en fracciones de segundo, que aún se repiten constantemente en mi mente, apareció un hombre vestido de militar con pistola en mano. La primera impresión que nos dio era que venía muy borracho. Su rostro denotaba como una fuerte angustia ya que miraba inquieto hacia todas partes, como queriendo encontrar a alguien. Súbitamente avanzó hacia una pareja que se encontraba bailando. Allí fue donde se nos congeló la sangre a todos, pues pensamos que se avecinaba la desgracia. Lo cierto fue que el hombre empujó violentamente al joven que se encontraba bailando con una mujer alta, rubia y muy bonita, y gritó como para que todos lo oyésemos: “Puta, así quería encontrarte,…”, avanzando hacia ella, ya que ésta, trató de esconderse en medio de las otras parejas que se habían agolpado a su alrededor, y finalmente disparó. El estallido del tiro nos dejó atónitos a todos, y juro que el tiempo se paralizó. Lo único que se grabó en nuestras mentes para siempre, fue cuando vimos que un muchacho que se encontraba parado frente a la rockola seleccionando unas canciones se fue desmadejando hasta caer tendido al suelo, en medio de un charco de sangre que empezó a brotarle de su cabeza.

biblioteca_rubioCuando parpadeamos, porque eso fue muy rápido, y volvimos a la realidad, varios hombres en medio de la trifulca que se armó, de gritos y corre corres por todos lados, se abalanzaron sobre el militar y este viéndose prácticamente cercado disparó al aire como para intimidarlos. El militar no tuvo más remedio que correr pistola en mano hacia el estacionamiento, y montándose en su vehículo, huyó velozmente disparando al aire varias veces. “Ese maldito, nos dañó la noche”, me dijo mi amiga Lourdes, que me abrazaba fuertemente por la cintura, en medio de su nerviosismo.

Fue entonces cuando corrimos hacia el joven herido que había recibido la bala que iba dirigida a la amante del militar, que lo engañaba con otros hombres, como luego supimos todos. La bala había penetrado en el cerebro del joven y en pocos instantes murió. Lo que vino después, ustedes se lo imaginarán, fue la aprensión del militar y el entierro al que asistimos al día siguiente en medio de numerosos parroquianos.

Con el tiempo, el escándalo se fue olvidando, el bar “Las Américas” cerró sus puertas por la muerte repentina de su dueño, y luego fue vendido por la familia Delgado a la Municipalidad y tiempos más tarde fue convertida en lo que hoy es la sede de la Biblioteca Pública. Ah!…, pero el cuento no acaba aquí, ahora es cuando falta, porque si uno no suelta el buche completo, como dicen ahora, pues de nada sirve haberlos entretenido con la historia del muchacho. Miren como son las cosas, la vida a uno le da muchas sorpresas, porque figúrense ustedes, que me iba a imaginar yo lo que me iba a pasar.

Un día en mis visitas permanentes a la sede de la biblioteca en busca de materiales para una investigación que realizaba, luego de revisar la sección de materiales relativos a la contaminación del río Carapo, pues, pena da decirlo, pero sentí ganas de orinar. Traté, sin embargo, de aguantar un poco, pero definitivamente dejé mis libros en la sala general y me dirigí a uno de los baños del lado sur, atravesando la sala infantil que estaba desolada y penetré al baño de los caballeros. Los baños en su interior tienen compartimientos separados, así que entré a uno de ellos, traté de cerrar la puerta, pero el pasador ya no existe, por lo cual quedó medio abierto. Así que me desabroche la correa y en ese instante sentí que empujaban el batiente, “Ya va, está ocupado”, dije automáticamente. Traté entonces de continuar con lo que iba a hacer, pero volví a sentir que tiraban de nuevo la puerta, y me volví a frenar pero esa vez volteé mi cara hacia atrás y pude percibir por la parte baja del batiente la presencia de unos pantalones negros y unos zapatos del mismo color.

Decididamente, porque uno en esos momentos como que se llena de ira, y yo, realmente que me enfurecí, ante la terquedad del sujeto que empujaba el batiente, me volteé del todo y empuje con fuerza la puerta, porque pensé, en ese instante, que si se trataba de una broma, pues al menos, quien lo hacía,  se llevaría un golpe contundente como para curarle la gracia, pero ahí fue cuando se me voltearon los almanaques y la realidad de la vida, porque al abrir de golpe hacia afuera no había presencia física alguna, y la puerta se había abierto a todo su ancho. “¿Qué pasa?”, me dije, y acomodándome el pantalón, ya olvidado del asunto que me había ocupado y como temblándome las piernas salí a mirar hacia la sala infantil pero no había nadie.

Fue entonces cuando se me pararon los pelos, como se dice, y sentí una desazón terrible en mi estómago. Decidí entonces mirar al baño contiguo y nada, lo revise de pies a cabeza y nada, hasta que ya consciente del tremendo susto que me habían echado, venido de más allá de lo terrenal, emprendí mis pasos hacia la sala general, y fue entonces cuando tropecé con David Díaz, director de la Biblioteca. ¿Qué le pasa Chucho?, me dijo como intrigado. “Me acaba de pasar un chasco en el baño”, le respondí. De pronto me tomó del brazo y me llevó hasta su oficina. “Ven siéntate, mira como cargas el pantalón”. Fue entonces cuando me di cuenta que me había meado en los calzones, y él en medio de la risa, me dijo: “No te preocupes, que eso a casi todos en la biblioteca nos ha pasado, ¿te asustaron, verdad?, me dijo como inquiriendo mi respuesta. “Sí, querían abrirme la puerta del baño, pero no era nadie, o tal vez, si, porque yo vi a alguien parado detrás del batiente”. “Bueno, es mejor que te quedes aquí sentado, toma…, me dijo alcanzándome un periódico, es mejor que te tapes, yo voy a ir a tu casa para traerte ropa, y ya regreso, cualquier cosa llamas a Morelita”.

De verdad que tuve que ponerme a leer el periódico de cacho a rabo, tratando de taparme la pretina para evitar que el chisme corriera más rápidamente. Casi veinte minutos más tarde regresó David y me contó la pena que había pasado con mi esposa por el encargo encomendado, así que le había contado con pelos y señales lo que me había pasado. “Está muerta de la risa”, me dijo. Como era de imaginar el personal se había dado cuenta de lo que me había pasado, así que cuando me cambié la ropa, y salí a la sala general en busca de mis apuntes, sus rostros guardaban callados la sonrisa burlona que en estos casos suele aflorar en los labios.

En ese trajinar David me contó lo que realmente pasaba con pelos y señales: “Ese fantasma, digámoslo así, hasta me ha jalado la chaqueta en dos oportunidades, a Morelita le apaga la fotocopiadora, a la señora de la limpieza la llama por su nombre, a mi me llama continuamente, al guachimán lo carga loco, le apaga el televisor, le mueve la cama, lo llama, a muchos usuarios los ha asustado, pero lo más grave pasa con los niños que se les mete al baño, se les aparece, y esto pues realmente me tiene un poco asustado, voy a verme obligado a traer un sacerdote para bendecir la biblioteca, quizás eso lo ahuyente un poco”. (Original de Jesús Acevedo Sánchez)

David, Morelita y yo nos quedamos en la oficina hasta que poco a poco fueron saliendo los usuarios y posteriormente los empleados. Dos minutos más tarde empezamos a salir. Morelita y yo nos adelantamos unos pasos mientras David cerraba su oficina y la puerta interior de la Biblioteca. Allí a escaso un metro de donde David terminaba de cerrar la puerta exterior, fue entonces cuando los tres oímos claramente una voz venida desde otras dimensiones, que dijo: “Nos vamos,…”, y David, en medio de la confusión, con una sonrisa burlona en su rostro, sólo atinó a decir: “Vete al diablo, deja ya de joder, pendejo….”, y salimos los tres, corriendo pero sonriendo, como en un afán loco de agarrarnos a la esperanza de la vida…

Jesús «Chucho» Acevedo

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