La Araña de Oro

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Almacenes Ley
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Ante el éxodo masivo de ciudadanos venezolanos hacia diferentes países, especialmente a la vecina Colombia, escribo estos recuerdos de mi infancia y primera juventud cuando acompañado de mis padres íbamos y veníamos a Cúcuta, departamento del Norte de Santander, solo con la cédula de identidad, en auto particular sin atropellos, sin angustia, sin huir de nada ni de nadie, por puro gusto; pasar a saludar amigos y aprovechar el valor de la moneda para realizar compras de los productos de alta calidad que allá ” del otro lado” se ofertaban.

Corrían los años cincuenta del siglo pasado y la ciudad de “San José de Cúcuta” era de un ambiente cosmopolita no obstante sus alrededores rurales fronterizos como “El Escobal” separados por el río Táchira de nuestros muy rurales Ureña y Aguas Calientes , sitio ideal de temperamento para enfermos y convalecientes.

La actividad comercial de Cúcuta, multicolor como los vestidos de las “gitanas” mariposas adivinatorias que leían la mano por unas monedas y que en bandada rodeaban a los paseantes del centro de la ciudad.

Los cines climatizados estrenaban películas muchas veces antes que en Caracas y por ende que en San Cristóbal y Rubio.

Recuerdo las tardes de compras en el “Salón Blanco” cuyo propietario era un elegante y culto caballero Don Gonzalo Blanco ; era un amplio local de varias puertas , altos techos con ventiladores, pisos con hermosas cuadriculas de mosaicos, siempre pulcro. Mientras papá conversaba con Don Gonzalo después de hacer las compras de jamones, embutidos, quesos, uvas, manzanas, etc. Yo me iba a mi vitrina favorita , la frontal llena de mazapanes, caramelos, “gominolas”, “chocolatinas, pastas secas, los caramelos de leche “Kraft” y lo máximo: las monedas de chocolate de los tamaños habidos y por haber, yo atendido por dirigentes dependientes trajeadas de blanco con delantales y cofias, dulces enfermeras para niños golosos, llenaba algunos envases con la tentación glucosada lo que hacía que mi padre al recibir la cuenta, que pagaba, luego de la letanía de siempre: “…ya quisiera yo tener un papá con dinero que me comprara todo el salón Blanco “.

Otro cantar era ir con mamá a las tiendas de ropa, telas, calzado y marroquinería. Entrar al almacén “Divina” del “turco Shaffi” era un placer escoger trajes, camisas, ropa interior y calzado de alta calidad. Visitar el almacén ” Colombia ” donde mamá pasaba largos ratos , atendida siempre por la hermana del propietario, la Señorita Sofía quien se esmeraba siempre en mostrarle las más hermosas telas recién llegadas de los telares “Coltejer” y otras del exterior.

El Tour por los “Almacenes Ley” , no podía faltar, fue la primera tienda por departamentos que conocí, allí se podía comprar desde una fina camisa “Van Heusen” , un elegante traje de lana “Everfitt” , uno zapatos de cuero ” Cuatro Coronas ” hasta una libra de arroz pasando por las cajas blancas de los cubitos de azúcar “Manuelita” Y la infaltable copa de “salpicón” en su cafetería siempre atestada de parroquianos de apuro.

El Calor, el sol y el gentío en el centro, una vez hechas las compras de “pantalones pescador” en las tiendas “Roble” y de zapatos de goma en “Croydon”, hacía que buscáramos refugio en un lugar a pocas cuadras de la Plaza Santander, allí nos sentábamos con calma, un lugar fresco, cómodo, acogedor donde solíamos degustar tortas de Chocolate, de frutas, almendras, nueces acompañadas de café, bebidas aromáticas atendida por sonrientes santandereanas y bajo la mirada atenta de una bella mujer, blanca, algo rolliza, de baja estatura, vestida y maquillada con elegancia de actriz de Hollywood que marcaban la distinción y buena atención de aquel inolvidable lugar de mi adolescencia

Por: José F. Delgado Arauz
Marzo del 2018

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