La Cueva de Las Dantas

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El imperio acrece sus artilugios técnicos, su soborno, también la violencia de sus aspiraciones pero siempre es el mismo. El pueblo siempre es el mismo en su defensa pero múltiples son sus caminos. Aquí vale describir uno subterráneo, pura geología, que por serlo sirvió de instrumento a Cipriano Castro para frustrar un golpe contra Venezuela. El Táchira, donde muy activos y algo fuertes se muestran los conatos norteamericanos de hoy, era el escenario de un golpe tan norteamericano como el actual, que intentaba fragmentar a Venezuela en tres partes, una formada por los estados venezolanos Táchira, Mérida, Trujillo, Zulia, y los departamentos colombianos de Santander del Norte, Santander del Sur y la Guajira. Era robar el petróleo, poco conocido en Venezuela, pero sí, mucho, en Estados Unidos y las fértiles zonas del sur del lago y el “plateaux”, tachirense. Otros dos fragmentos quedarían de nuestra Patria, el Centro, que seguiría siendo Venezuela, y el Oriente, con las bocas del Orinoco, que pasaría a propiedad británica.

El truco era el endeudamiento

El truco era el endeudamiento y después el federalismo. El endeudamiento lo había gestionado Manuel Antonio Matos, una montaña de dólares que servirían para comprar mucha gente con poder, militares sobre todo, y para poner un papel de acreedor en las manos de Estados Unidos. (Matos era dueño del Banco de Venezuela, el más grande de Venezuela, entonces de propiedad privada) que acelerara las cosas y bajara los humos a Inglaterra. Eso ya estaba hecho, en base a tal trato, Francis B. Loomis, embajador de Estados Unidos, hizo un viaje por barco al sitio donde el río Orinoco empalma con el caño Casiquiare. Asunto de reconocimiento y posesión.

En cuanto a federalismo, el 27 de abril de 1899, el presidente Andrade emite un Decreto de Autonomía de los Estados venezolanos, sancionado por el Congreso Nacional, por el que cambia el status del Táchira al tiempo que hace desaparecer como entidad político-administrativa, dependiente del gobierno de Caracas, al gran estado Bolívar. El estado Guayana, que contiene el río Orinoco y el oro, será autónomo.

La respuesta la da Cipriano Castro menos de un mes después, el 23 de mayo de 1899. Vivía en Cúcuta junto a sus paisanos, exiliados como él. Se ha descrito a la tribu andina reunida en las noches cucuteñas alrededor de una lámpara a kerosén de grande y bella bola blanca luminiscente, entonces muy usada en la región. Imaginemos la dura mano de Castro haciendo girar la perilla de la lámpara para apagarla porque la revolución empieza. Será conocida como “de los sesenta”.

La tropa de enruanados y ensombrerados cruza la frontera a media noche, rápida, como si la formaran contrabandistas. Cipriano Castro no va con ellos, avanza con muy pocos hombres por un camino secreto. ¿Cuál? Unos 10 años antes, en una de las revoluciones donde militó con Carlos Rangel Garbiras, don Cipriano se había visto rodeado en el camino llamado “de Las Dantas”, que va hacia Capacho, por las fuerzas del gobierno que mandaba el general Espíritu Santo Morales. Huyeron hacia un cerro llamado Capote pero de poco les iba a servir porque Morales ya los tenía rodeados, apretados contra dicho cerro. La tropa de Morales avanzó, dispuesta a aniquilar a estos enemigos a machete y fusilarlos pero solo topó el cerro en un punto de rincón. La tropa de Castro se había esfumado.

En verdad avanzaba por una cueva cuya boca se abre en el sitio de la desaparición y debe suponerse camuflajeada con matas. Guiaba al grupo un primo de la madre de Castro llamado Eustacio Ruiz. La cueva es extensísima, de 32 kilómetros de largo. A Ruiz le había hablado de ella un Aquilino Sarmiento que conoció perso­nalmente al Libertador, que a su vez habría atravesado la cueva en compañía de Sarmiento y otros pocos.

La cueva tiene una de sus bocas en la Sierra Nevada de Santa Marta. Según versiones locales, está en el seno de una montaña formada por planchones de una piedra durísima, de cuatro metros de ancho y altura de tres, con un espesor de 30 centímetros. Es una pirámide. El depósito de tierra transportada por el aire durante siglos y los árboles crecidos en ella confieren a la pirámide un aspecto casi normal de montaña.

Castro y los otros huidos salieron a la luz cerca del pueblo de Chinácota, en Colombia, a la hora en que Espíritu Santos Morales regaba en las calles de Capacho noticias de la destrucción definitiva de “los enemigos de la paz de la República”. No servía demasiado porque los hombres de su tropa decían entre amigos y a la mujer en el secreto de la cama, que Cipriano Castro había hecho invisible a su tropa, que la disolvió en el aire y se disolvió él mismo. El fantasma del pequeño general podía aparecer asomado a una ventana, podía atacar cuando menos lo esperaban. Mientras Castro vivía en Caracas, metido en la vida política, la leyenda crecía en ese rincón de Los Andes.

Una cueva cuyo tamaño y forma son de una catedral

El 23 de mayo de 1899, Castro avanza en sentido contrario, hacia Venezuela, por aque­lla misma cueva acompañado de 10 hombres, de los cuales dos son veteranos de la primera recorrida. Permiten la entrada de luz y aire unas aberturas existentes cada tanto en el techo, gracias a la presencia de una plancha más pequeña. Los hombres pa­san por varias grutas, hay varias salidas intermedias. Los conejos, cachicamos, zorrillos y ratas están posesionados de esta gigantes­ca madriguera.

Don Cipriano avanza sin comandar, Eustoquio Gómez, primo de Juan Vicente Gómez, catire, salvaje, casi no venezolano, es el te­niente director de la operación. El objetivo es la sorpresa. El túnel tiene una altura de techo de dos metros y un ancho de metro y medio. El interior está forrado por helechos muy gordos que pueden impedir el paso y asfixiar. Se los troza con el machete. Varias bocas se abren a la derecha, separadas por kilómetros. Tienen nombres puestos por la gente: la Cueva de los Santos, el Refugio de las Ánimas, la Boca del Indio. La patrulla las va dejando atrás. Cruzan al lado de una cueva cuyo tamaño y forma son los de una catedral. Lentos tapires caminan en la oscuridad, está prohibido encandilarlos con las linternas, menos aún debe matárselos, pues son portadores de Dios. Su presencia es señal de que está cerca el punto de Las Dantas, que toma ese nombre de que algunos de tales animales se salen a la montaña.

El grupo llega a la boca de Capote, justamente en Las Dantas. Aparecen a su vista los campos de Cania, llenos de luz. Unos campesinos los ven así, repentinamente parados alrededor de un árbol. No se les ha visto acercarse, todo los pinta como los fantasmas del ejército muerto por Espíritu Santo Morales hace ocho años. Ha regresado del infierno en el mismo sitio por donde se fue. Los campesinos huyen. Castro y sus hombres solo descienden de la montaña cuando hacia el pueblo se escuchan tiros.

Son de la parte del Ejército castrista que se vino por la super­ficie. Las espaldas de los soldados del gobierno de Andrade son visibles, el pelotón de Castro les dispara con ventaja. En la procla­ma que lee rato después en la plaza de Capacho, don Cipriano protesta contra el Decreto de Autonomía de los Estados emitido por Andrade y elogia a los 25 miembros del Congreso que salvaron su voto al ser aprobado el proyecto. Proclama que se dispone a restaurar en Venezuela los santos principios del Partido Liberal, que es, según él, “el del carpintero de Belén”, extraña alusión al casto esposo de María a quien nunca demostró vocación de imitar.

Gracias a la revolución de Cipriano Castro el Zulia sigue siendo venezolano.

Gerónimo Pérez Rescaniere
ciudadccs.info

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