La inundación de 1931

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Esta sonada desgracia sucedió el día primero de noviembre, que fue domingo, a las 12 de la noche; el día 2 se celebra el día de Difuntos. Para celebrar estas fiestas suelen venir muchos fieles de todas las aldeas, pasando la noche en la ciudad de Rubio. El lugar de la trágica inundación se llamaba “Los Corredores”, donde estaba el mercado y donde se reunía la mayor parte de los forasteros a pasar la noche en fondas y cabaret.

Muchos ya estaban dormidos; otros continuaban la parranda; dicen que los bailes esta noche se ejecutaban sin vestidos, cosa increíble y nunca visto aquí; por esto el pueblo tuvo y tiene, esta repentina crecida de las aguas, como castigo del cielo.

El hecho sucedió así: Aquella noche descargó tan formidable tormenta en el valle y cuenca de la quebrada Capacha, que el agua cayó a torrentes, desbordando los diques ya desde la Palmita en el puente del mismo nombre, que está a unos 200 metros más arriba y bajando con impetuosidad por la carretera y sus lados se reunió en el recodo que la quebrada hace en el puente, que llaman de los Suspiros, rebasó los muros de contención, que defienden “Los Corredores” y se precipitó por el mercado y las casas de sus alrededores, arrastrando cuanto encontró: puertas, ventanas, enseres, personas, etc., tanto a la parte norte como al sur de la Plaza “Junín” y lo arrastró al río Carapo, que allí se junta con la quebrada Capacha.

Tanto las personas que estaban de parranda y baile, como las que estaban durmiendo perdieron sus vidas en esta catástrofe sin precedentes en esta ciudad. El Sr. Rufino Pérez, Maestro de la actual Obra del Templo, me dijo que, conocidas por él, murieron 60 personas: de las desconocidas no sabe cuántas, pues las había de todas las aldeas, que habían venido a la fiesta de los Santos y Ánimas, y aquel lugar era el más concurrido de toda la población; así como niños y personas de poca edad.

Otros atribuyen este hecho a un castigo de Dios por el sacrilegio, que en tiempos atrás, el año de 1895, unos cuatro hombres cometieron contra una santa Cruz, que un Misionero español, Rojas de Molina, había colocado en el cerro de “Escaleras” al norte de la población en un lugar que domina toda la ciudad, cobijándola bajo su protección; estos hombres desalmados arrancaron la dicha Cruz, la llevaron a una taberna o botica; unos días después la sacaron de su escondite, la envolvieron en unos encerados o coletos a los que impregnaron de querosén y, en medio de la Plaza Colón, ahora Plaza Bolívar, que está frente a la fachada del templo parroquial, le prendieron fuego; pero los fieles se dieron cuenta a tiempo y la libraron de las llamas. Esta Cruz se conserva, con sus cicatrices en la Iglesia actual, donde se le da culto y veneración por los fieles devotos. Los que cometieron este sacrílego atentado murieron todos desastrosamente.

Recopilación: Jesús Acevedo, Cronista de la Ciudad

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