La mujer tachirense de Los Andes venezolanos, siglo XIX

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Un día me dejaron en la casa donde yo hacía compras en Táriba, una carta. La leí y me quede atontado. Me informaron de que mi mujer me engañaba con otro hombre y de que todo pasaba en mi propia casa. Yo hacía viajes a San Cristóbal con frecuencia donde pasaba unos días. Me puse en guardia. Salí un día y regresé y me quedé en el camino a media legua de mi finca. Yo tuve escuela y colegio y me enseñaron principios religiosos, pero me sentía trastornado por la furia y los celos… Llegué antes de media noche a la casa, después de haber recorrido unos potreros de las cercanías. Me sorprendió hallar un caballo ensillado y amarrado a un árbol a poca distancia de la casa. Me fui acercando en silencio, con cautela, sofocado el aliento. Me agazapé en un matorral cercano. Aterrado, vi salir de la casa, atravesando el corredor inferior, una figura de mujer y dirigirse al trapiche inmediato. La distinguí bien y la reconocí, era ella. Agachado sin hacer ruido, di una vuelta para acercarme a la puerta de salida al campo de trapiche. Llevaba en la mano crispada un puñal. La cólera me hacía ver ondas negras ante mis ojos. Entré de pronto al trapiche: dos cuerpos estaban entrelazados. Al sentirme y verme con la claridad de una luna naciente, el hombre se levantó y quiso dirigirse hacia donde había puesto su cinturón con sus armas, pero yo salté sobre él y lo dejé muerto de una sola puñalada y le di varias en el suelo. La mujer huyó hacia el campo despavorida y corrí tras ella y ya para alcanzarla se arrodilló balbuceando palabras suplicantes. Le di una puñalada en seco por el estómago.
La ley le protegió con apoyo de testigos falsos, pero, «La muerte no… la he visto en sueños, como la vi la última noche: con la cabellera suelta, con los ojos llorosos que me miraban ansiosos. Aunque soy hombre, no niego que haya llorado por ella y que me haya arrepentido de corazón de haberla apuñalado. He buscado la muerte y no llega.»
A través de esta corta monografía, Pascual Mora García nos hace un esbozo de la condición de la mujer tachirense durante gran parte del siglo XIX, en donde la Iglesia, el Estado y la sociedad misma minimizaba la condición de ésta como ser humano, desconociendo por completo su derecho a ser reconocidas y respetadas a la par del hombre.
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