La Virgen de la Fortuna

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Según cuenta la historia, Don Celestino Monsalve y Luisa María Engracia Suárez eran personas devotas de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá. Todos los años salían como peregrinos y caminaban desde la finca La Fortuna, en el municipio Junín, hasta el templo de la Virgen de Chiquinquirá, en Colombia, con el fin de pagar promesas y hacer peticiones.

Luego de siete años de constantes viajes, en 1849, de regreso a su finca, Don Celestino tropezó en el camino con una piedra dos veces y al observarla vio una lucecita que salía de la tierra, lo que le produjo curiosidad. De manera que allí mismo, y después de un tercer tropiezo con la misma piedra, decidió tomarla entre sus manos y mostrársela a su esposa diciendo: «Mira lo que veo aquí reflejada en la Virgen del Rosario de Chiquinquirá.»

A lo que su esposa, luego de observarla con detenimiento, exclamó: «Sí, es ella». Tomando entonces la decisión de llevarla a casa y mostrarla a sus familiares y amigos.

Como era una piedra pequeña, Don Celestino le hizo un orificio en la parte de arriba y se la colgó en el cuello. Creía que se trataba de una recompensa, luego de siete años de constante devoción y peregrinaje.

Con el pasar del tiempo, las facciones de la Virgen se fueron  haciendo más notables, revelándose sus detalles. Situación que motivó su traslado hacia el poblado de Rubio, donde fue comprobada su fijación por un sacerdote que colocó un punzón en el centro de la piedra y la golpeó, sorprendiéndose al ver cómo se desprendía un pedazo en la parte superior y abajo por el lado derecho. Exclamando entonces: «Sí, es una imagen aparecida y la bautizo Virgen del Rosario de Chiquinquirá».

A partir de ese momento se decidió colocarla en un altar para su veneración por los fieles cristianos. Corriéndose rápidamente la voz acerca de su aparición, propiciando la visita de muchos curiosos y devotos, que al constatar la noticia, empezaron a solicitar favores y milagros por medio de su divina intercesión.

Al morir Don Celestino y Luisa María, su hija María Engracia quedó encargada de la imagen virginal, cuidándola con la misma devoción que sus padres.

Años después, María Engracia se casó con Isidro Quintero y tuvieron cuatro hijos, quienes a la muerte de sus padres quedaron al cuidado de la imagen, siendo su último sobreviviente Ricardo Quintero, único varón, casado con Guadalupe Carrillo, de quienes nacieron ocho hijos, encargados actualmente de conservar y acrecentar la devoción a la Virgen de la Fortuna.

Durante la visita al lugar, conversamos con Ana Paula Quintero, quien junto a su hermana Aura Celina son las encargadas de cuidar la capilla construida para albergar la imagen y dar cobijo a los devotos peregrinos que cada año por Semana Santa visitan el lugar.

Narró Quintero que durante esta época en particular la cantidad de personas que hacen el recorrido desde Rubio a la capilla es asombrosa, acudiendo no sólo rubienses sino gente de otras partes del estado y el país, con el propósito de pagar los favores y hasta milagros recibidos.

Circunstancia que corroboran las paredes y hasta el piso del lugar, abarrotado de placas y pequeños detalles entregados en señal de agradecimiento por sus deudos.

Fuente: lanacion.com.ve

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