Los duendes de Cania

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Cuentan los moradores de Cania, que por allá en la zona de la Cueva de Los santos, hace muchos años dos hombres tenían un pequeño fundo, en tierras de la antigua hacienda del Arado, conocida hoy como la Arabia. Estos hombres vivían solos en el sitio de Barbascal, donde tenían un pequeño rancho de bahareque, y teja, el cual había sido de sus finados padres. Melitón que era el mayor un día cualquiera decidió venir a hacer unas compras a Rubio, cargó las mulas con varios sacos de café y marchó bien de madrugada.

Pacho, el hermano menor, esa mañana luego de hacer café fue a la huerta y como a las once regresó a hacer el almuerzo. Como ya habían acabado de recoger el café decidió irse esa tarde a darse un baño a Pozo Azul. La gente de la aldea acostumbraba en esa época a lavar las ropas a orillas del pozo por sus aguas limpias y cristalinas. Pacho se bañó durante toda la tarde y cuando ya habían ido todas las mujeres lavanderas llegaron a la orilla del pozo dos pequeños niños que quitándose todas sus ropas se echaron al agua.

Cuentan que de pronto todo comenzó a oscurecerse, y Pacho decidió regresar a casa. Apenas se vistió los niños habiéndose vestido también, lo siguieron por el camino. Pacho les preguntó que para donde iban y ellos le contestaron que no tenían casa. Sorprendido por lo que acababa de escuchar comenzó a hacerles preguntas a las cuales ellos sonrientemente contestaban.

Dicen que los niños le fueron contando que su casa era la Cueva de Los Santos, que ellos habían sido durante muchos años guardianes del bosque, que conocían a su hermano Melitón y a él desde que eran niños, que habían conocido a sus padres y abuelos y que ellos eran los duendes del valle de Cania.

Según contara después Pacho a su hermano Melitón todo lo que los niños le contaban le había hecho mucha gracia, pero que su sorpresa había sido mayor cuando le hablaron que habían encontrado perdidas en el bosque un par de espuelas que habían sido de su papá abuelo, el señor Augusto Duplat.

Pacho se despidió de los niños en la cuesta de Barbacal.

Ellos le prometieron ir al día siguiente hasta la hacienda. Cuando llegó su hermano de Rubio, eran casi las siete de la noche. Pacho le contó el extraño suceso y juntos decidieron aguardarlos el próximo día. Sin embargo, mire usted como son las cosas, en la madrugada del día siguiente uno de los peones de la hacienda tocó a la puerta para anunciar que era necesaria la presencia de Melitón en Rubio y partió velozmente.

Los niños llegaron como a las nueve de la mañana y Pacho los recibió. Cuentan los más antiguos, entre ellos Nicanora, don Pascual y el cojo Fernández, que Melitón llegó esa tarde a la casa y no encontró a su hermano Pacho.

Cuentan también que a los tres días encontraron la mula de Pacho pasteando con silla y aperos en los pastizales del Páramo de Capote y dicen que los niños pequeñitos, aún viven en las zonas comarcanas como La Regresiva y Jericó en las latitudes del Municipio Bolívar, que de muy de vez en cuando los ven deambulando por los cafetales de la Arabia.

Lo cierto es que nunca más volvieron a ver a Pacho por esos contornos y de eso hace ya más de cuarenta años…, pero no me lo crea, como decía mi abuelo Gregorio, cuando contaba esos cuentos para asustarnos.

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