Moisés sobre el asfalto

0
163
Publicidad

A la media noche las luces de las lámparas se encendieron sobre mis pesadillas, pues a esta hora había vuelto la luz. En el mismo instante llamaron al teléfono fijo, mi corazón bombeo sangre de inmediato a mis piernas, que saltaron hasta el cuarto dónde aquel se encontraba.

-Aló, buenas noches- Contesté.

-Buenas noches – Respondió una voz gruesa, con acento oriental. – ¿Hablo con Mauricio Sánchez?

-Sí señor, ¿Quién habla?

-Señor Mauricio, habla el sargento Torres, de la alcabala de las Dantas. Su papá está aquí, desmayado. Llegó a las nueve de la noche dando pedalazos débiles en su bicicleta, venía de San Antonio. Apenas estuvo en frente de el comando se desmayó. Tenía este número en su cartera junto a su nombre, estábamos esperando que llegará la luz para poder contactarlo.

-Sargento, ¡Muchas gracias! – Le respondí -. Estaba esperando noticiasde mi papá desde las seis de la tarde, en un momento estaré allá – Dije, mientras tiraba el teléfono estrepitosamente con ansiedad.

Mi papá se había ido temprano por la mañana a San Antonio en su bicicleta, a visitar a sus hermanos, él había estado presentando cuadros de fiebre en los últimos días, pero él no sabía permanecer en casa, menos en su vejez, así que utilizaba la bicicleta como una excusa para no quedarse encerrado. Mi papá tenía ya mucha experiencia sobre el velocípedo, recorría todo Rubio en ella, había ido a San Cristóbal e incluso una vez fue a Borotá. Pero ese día, a pesar de que era tarde no había tenido razón de él, ni de su fuerte valor.

En cuanto tiré el teléfono corrí a encender el carro para tomar la vía hacía las Dantas, recorrí tres kilómetros fríos, solitarios y vigilados solo por el resplandor de la luna, mi mente divagaba en las razones por las cuales mi papá había llegado moribundo al sitio.

Cuando llegué,el viejo me estaba esperando sentado en las escaleras, pensativo, con la bicicleta a un costado y con un vaso de aguamiel en la mano. Le pedí la bendición, lo ayudé a subir al carro, puse su vehículo de dos ruedas en el baúl y después de agradecer a los guardias nos fuimos.

– ¿Qué pasó papá? –. Pregunté apenas tomamos carretera.

– Ay mijo, si le contara -. Respondió con su voz agotada de señor.

– Cuénteme viejo, me tenía preocupado, estuve todo el día esperando noticias suyas pá, me dormí en la sala esperando a que llegará.

-Estuve con sus tíos todo el día, hablamos sobre la vida hasta que nos cansamos, me dieron mondongo para el almuerzo y después de eso me quedé dormido, ellos pensaron que me iba a quedar y no me despertaron sino hasta las cinco de la tarde para jugar domino. En ese momento me asuste por lo tarde que se me había hecho para subir a Rubio, entonces me despedí, agarre la bicicleta y me vine. El aire estaba pegando fuerte cuando comencé a subir de las Adjuntas, ahí mismo me atacó la fiebre que he tenido estos días. Cuando iba pasando por la Curva del Diablo el sol cayó en picada tras las montañas, de manera que quedé a oscuras y adivinando cual era el camino. A la altura del sector de La Vaquera ya no podía más con la fiebre, me sentía muy mal, solo quería llegar a casa lo antes posible, así que allí decidí pararme para pedir la cola hasta las Dantas al menos, así lo hice, les hice señales a los pocos carros que pasaron en esa media hora, pero ninguno paró, allí mis esperanzas flaquearon y entristecí. Decidí subir de nuevo a la bicicleta, aunque me había bebido el agua que llevaba conmigo, pues tenía la certeza de que algún carro me diera la mano. Tres kilómetros después de haber vuelto a pedalear perdí la conciencia sobre la bicicleta y caí a un costado de la carretera, no sé cuanto tiempo pase allí, pero cuando desperté había un niño en una pequeña bicicleta a unos cincuenta metros de distancia, me saludaba con la mano derecha, y con la misma me invitaba a que fuera tras de él, así le obedecí, levanté mi bicicleta y comencé a pedalear de nuevo, por sorpresa mi termo estaba lleno de agua. El niño pedaleaba con una ternura indescriptible, parecía de cinco años de edad, su cara era redonda y me inspiraba aires de pesar, no me explicaba como podía estar sucediendo aquello, pero no me lo pregunté y seguí pedaleando con la esperanza de poder alcanzarlo, aunque ello fue en vano pues parecía que levitaba sobre el asfalto. Estuve a punto de alcanzarlo en la última curva antes de llegar a las Dantas, pero cuando terminé la curva el niño había desaparecido. Allí colapsé y caí ante la mirada de los guardias.

En cuanto mi papá termino de hablar yo me hice la cruz y eleve una oración al cielo por el alma de aquel pequeño, estaba muy agradecido con el infante y con Dios, por haber traído a mi papá a salvo de aquella odisea. No quise molestar al viejo con más preguntas, se veía agotado, triste y confundido, en cuanto llegamos a casa lo ayude a bajar del carro y lo acosté en su cama para que descansara cual Ulises en Ítaca.

Yo no pude dormir, fui victima del insomnio en esa madrugada, la ansiedad de aquel misterio carcomía mi alma, mi mente, y mis vísceras. La noche fluctuó lenta sobre los andes tachirenses, los perros aullaron junto al coro de gallos a las tres de la mañana, y lo volvieron a hacer a las seis de aquel domingo.

En cuanto el sol arribo sobre las montañas me dirigí a la casa de Don Alejandro para contarle lo sucedido.

-Es Moisés vecino- Respondió somnoliento -. Murió hace muchos años en esa carretera, él y su papá solían viajar a los pueblos de el Estado en bicicleta. Un día mientras subían de San Antonio a Rubio, una gandola se llevo por delante a Moisés, lo destrozo físicamente, al punto de ser apenas reconocible para su padre. Su cuerpo fue hecho pedazos, pero no su alma, ya que suele aparecerse a los ciclistas que están en apuros para ayudarlos, su ternura y gestos les transmiten la voluntad necesaria para seguir pedaleando, incluso dicen que parece como si levitase sobre el asfalto. Aproveche que es domingo y ofrézcale una misa como agradecimiento.

Me despedí de él y volví a casa para despertar a papá, nos alistamos, desayunamos con pan y café, luego fuimos hasta la gótica iglesia rubiense para ofrecer una misa de agradecimiento al niño Moisés, tal como Don Alejandro me lo había indicado.

Hasta la fecha Moisés sigue ayudando ciclistas en apuros.

José Daniel Vera, junio 2022

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí