Sayaguito

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Por aquella época ocurrida entre los años cuarenta, cincuenta, sesenta gran parte de los setenta existía un fabricante de instrumentos musicales de cuerda. Cuatros, guitarras y bandolas nacían de sus diestras manos.

Era Sayaguito, quien sin proponérselo influyó notablemente en la vena musical de muchos palmiteros. Lo conocimos de toda una vida en su vieja casona ubicada en la pendiente que está entre la esquina de La Dalia y el Puente Los Suspiros, allí se conseguía por veinte o treinta bolívares un primer instrumento musical, un cuatro de cuerdas de colores.

Su vivienda era vecina con la casona de La Dalia, de fachada típicamente andina que mostraba solo una pequeña ventana y una sola puerta de acceso. Al ingresar por esa puerta, estaba la amplia sala, desde donde se divisaba su bien acondicionado taller; luego, un pequeño patio, en seguida la cocina y a lo lejos el solar. Frente al pequeño taller, una habitación donde cuatros y guitarras recién terminados colgaban de improvisados ganchos. Otras veces, desde la calle, se podía detectar si había algún instrumento colgado en el patio, si era así, parece que cualquier transeúnte podía entrar a deleitarse con tan interesante paisaje.

En la cocina estaba la señora Elena Pereira quien desde allí divisaba a lo largo de la calle cualquier acontecimiento y así se lo manifestaba a su esposo. En una de las paredes de la sala colgaba un ancestral y bello pergamino enmarcado en madera y sobre el cual se leía un reconocimiento emitido por el General Juan Vicente Gómez, presidente de los Estados Unidos de Venezuela que Sayaguito entre serio y placentero comentario mostraba orgulloso y con nerviosa sonrisa a todo visitante.

Luego, una invitación a pasar al siguiente espacio, un pequeño corredor y a la izquierda su bien dispuesto taller constituido por mesón con improvisada prensa, sobre el algunas maderas, varias herramientas para distinto uso, todo simétricamente dispuesto. Estructura de madera para un cuatro, una guitarra o una mandolina se apreciaban en prensa.

Sayaguito en este momento poniendo cara de seriedad hacía una breve descripción de lo que tenía en proyecto; luego, cerrando su ojo derecho y entre sonrisa y hablar bajito, si para el momento ya algunos instrumentos de cuerda estaban terminados, la invitación cordial se extendía a un segundo ambiente. Era aquella pequeña habitación donde colgados se encontraban algunos de sus trabajos ya terminados, señalando que eran encargos para fulano de tal, o para el conjunto tal. En varias ocasiones allí había gentes con acento colombiano que probaban y negociaban la compra. A esta presencia, Sayaguito bajaba uno cualquiera de los instrumentos, pedía, no se porqué, que se lo afinaran, cosa que sin embargo él hacía de manera perfecta, lo ponía en manos del visitante y con su actitud desprendida y amable invitaba a tocarlo, sonreía y decía “tóquelo a ver qué tal quedó”. Sayaguito contemplaba al ejecutante, entrecerraba los ojos, se deleitaba oyendo y luego el brevemente lo pedía para registrar algo que complementaba la ejecución, tímidamente hablaba bajito y lo ejecutaba maravillosamente.

Pareciera que de esta manera podría comprobar el resultado bueno de su obra, miraba acuciosamente como esperando respuesta, el visitante internamente complacido saboreaba inmensa admiración por este querido luthier nuestro, personaje valioso entre los valiosos que con su genialidad lograba una sonoridad impresionante en el instrumento que llegaba a lo más profundo del alma.

Fueron muchas las ocasiones en que un fin de semana allí se daban cita músicos ejecutantes de instrumentos de cuerda venidos de lejanos lugares quienes se encargarían de traspasar las tierras de Junín para enaltecer el prodigio de tan importante palmitero.

En el caso de quien escribe las presentes líneas, Sayaguito nunca imaginó la dimensión en el tiempo de lo que con su actitud despertó en mi vida como fue la de ubicarme hasta un nivel muy avanzado de estudios musicales en la Academia de Música Francisco Espinel de la ciudad de San Cristóbal y una actividad pianística en la música popular durante más de cuarenta años con numerosas agrupaciones del Táchira y de otros estados.

Por Alexander Omaña Álvarez

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